El archipiélago de Chiloé, separado del continente chileno por el canal de Chacao, es un mundo aparte. Su aislamiento geográfico permitió que floreciera una mitología única, una mezcla de creencias huilliches y españolas que creó una 'Recta Provincia' gobernada por brujos. En este ecosistema mágico, el Trauco es el rey perverso del bosque y el deseo.
El Trauco es un ser repulsivo a la vista. Se lo describe como un enano de no más de 80 centímetros, deforme y grueso. No tiene pies; sus piernas terminan en muñones, lo que le obliga a caminar con dificultad, apoyándose en un bastón de madera retorcida llamado *pahueldún*. Sin embargo, esta discapacidad física no le impide moverse con rapidez por el denso bosque chilote, trepando árboles y escondiéndose entre los helechos gigantes. Viste ropas hechas de fibras naturales, como quilineja, y lleva un sombrero cónico.
Su poder reside en su mirada y en su aliento. El Trauco es una entidad de virilidad agresiva y sobrenatural. Se dice que pasa los días colgado de las ramas de los árboles, vigilando los senderos. Cuando ve a una mujer joven soltera entrar al bosque a buscar leña o pastorear animales, desata su magia. Si la mujer lo mira a los ojos, cae en un trance inmediato. El Trauco no necesita usar la fuerza física; su mirada inyecta sueños eróticos y una parálisis de voluntad. En otras versiones, desciende del árbol y golpea su bastón contra el suelo, un sonido que actúa como un afrodisíaco irresistible o un hechizo de sueño.
Una vez que la víctima está bajo su influjo, el Trauco abusa de ella. La mujer despierta horas después, confundida, sin recordar claramente lo sucedido, a veces pensando que fue un sueño extraño. Nueve meses después, nace un hijo. En la sociedad chilota tradicional, los embarazos adolescentes o de mujeres solteras eran explicados sistemáticamente con la frase: 'La pilló el Trauco'. Lejos de ser una simple excusa ingenua, esta leyenda cumplía una función social vital: evitaba el ostracismo total de la madre y el hijo ('hijo de Trauco'). Al atribuir la paternidad a un ser mágico imparable, se quitaba la culpa a la mujer y se integraba al niño en la comunidad, aunque con cierto estigma de ser mágico o travieso.
Pero el Trauco no solo es un depredador sexual; es un espíritu del bosque que puede causar daño físico. Si un hombre intenta enfrentarlo, el Trauco es capaz de 'torcerlo'. Con solo mirarlo, puede dejar a una persona chueca, paralizada, con el cuello girado o condenada a morir en pocos meses (*tullido*). Es invulnerable a las balas y cuchillos. La única forma de matarlo es atraparlo mediante engaños o quemarlo en su cueva, pero es tan astuto que pocos lo han logrado. Los chilotes dicen que para saber si el Trauco está cerca, hay que oler el aire: deja un rastro de olor a excremento de animal y madera podrida.
El mito del Trauco es la encarnación de la fuerza genésica y salvaje de la naturaleza. Es feo, sucio y deforme, pero posee un poder de atracción sexual que vence a la civilización y la moral cristiana. Representa el miedo de los padres a que sus hijas crezcan y la realidad ineludible del deseo sexual en las comunidades rurales cerradas. En Chiloé, el bosque no es un lugar de paz, es el dormitorio del Trauco, y nadie entra en él sin pedir permiso o sin sentir un escalofrío en la espalda.


