Adentrarse en la selva amazónica es entrar en un templo verde, inmenso y peligroso, donde las reglas de los hombres dejan de tener valor. Allí, el verdadero soberano no es el jaguar ni la anaconda, sino el Curupira. Este ser es una de las entidades más antiguas y poderosas del folclore brasileño, un mito que nace de la reverencia indígena tupí-guaraní hacia el bosque y que ha perdurado como un símbolo feroz de la conservación ambiental.
El Curupira se describe como un ser de apariencia engañosa y extraña. Es de baja estatura, como un niño o un enano robusto, con una fuerza física descomunal. Su piel puede ser verde como las hojas o oscura como la corteza, y su cabello es de un rojo fuego encendido, brillante y revuelto. Pero su característica más distintiva, aquella que lo hace inconfundible y tácticamente invencible, son sus pies: están invertidos, con los talones hacia adelante y los dedos hacia atrás.
Esta anatomía invertida es su arma maestra. Cuando el Curupira camina por la selva, sus huellas parecen indicar que se está alejando de un lugar, cuando en realidad se está dirigiendo hacia él. Esto confunde irremediablemente a los cazadores y exploradores que intentan rastrearlo o huir de él. Siguen las huellas creyendo que van tras la presa o buscando la salida, y terminan adentrándose más y más en la espesura, directo a la trampa que el Curupira les ha preparado.
El propósito del Curupira es claro y noble: es el guardián de la flora y la fauna. No es enemigo del hombre por naturaleza, sino enemigo de la codicia y la destrucción. Tolera a quienes cazan por necesidad, para alimentar a sus familias, respetando los ciclos de la vida. Pero su ira se desata contra aquellos que cazan por deporte, que matan hembras preñadas o crías, que talan árboles sin permiso o que desperdician los recursos del bosque. A estos depredadores humanos, el Curupira los castiga sin piedad.
Sus métodos son psicológicos y físicos. Utiliza sonidos, silbidos y voces que imitan a animales de caza o incluso a compañeros humanos para separar a los cazadores, desorientarlos y hacerlos caminar en círculos eternos. El 'encanto' del Curupira provoca vértigo, amnesia y un terror pánico que enloquece. Muchos cazadores han sido encontrados días después, vagando sin rumbo, balbuceando incoherencias, o nunca han sido encontrados. A veces, el Curupira rapta a los cazadores y los golpea, o los obliga a prometer que nunca más dañarán la selva.
A pesar de su ferocidad, el Curupira tiene debilidades. Es curioso y le gusta el tabaco y el aguardiente. Los locales saben que, para entrar seguros al bosque, deben pedir permiso y dejar una ofrenda de tabaco o fumo de rolo en la entrada de la selva. También se dice que le fascinan los nudos; si uno se siente perseguido por él, puede dejar una liana con un nudo complejo en el camino. El Curupira, obsesivo, se detendrá a desatar el nudo, dando tiempo a la víctima para escapar.
El Curupira es la personificación de la selva que se defiende. En un mundo donde el Amazonas sufre la devastación constante, su leyenda cobra una vigencia dolorosa y necesaria. No es un monstruo del pasado; es el grito de alerta de la naturaleza, recordándonos que el bosque está vivo, que nos observa y que, si cruzamos los límites del respeto, tiene el poder de hacernos desaparecer sin dejar rastro.

