En lo profundo de los bosques de abedules de Rusia, donde el invierno parece eterno, vive la figura más icónica y compleja del folclore eslavo: Baba Yaga. Llamarla simplemente 'bruja' es un insulto a su poder. Ella es una fuerza de la naturaleza, la guardiana de la frontera entre la vida y la muerte. No vive en una casa de jengibre, sino en una choza viviente ('izba') que se levanta sobre patas de gallina gigantes, lo que le permite a la casa girar y moverse por el bosque.

La cerca que rodea su morada está hecha de huesos humanos reales, y las calaveras en los postes tienen ojos que brillan por la noche, iluminando el claro. Baba Yaga es una anciana huesuda ('Baba Yaga Pata de Hueso'), con una nariz tan larga que toca el techo cuando duerme. No vuela en una escoba, sino dentro de un mortero gigante (un cuenco de moler), impulsándose con la mano del mortero y borrando sus huellas con una escoba de abedul plateado.

Lo fascinante de Baba Yaga es su ambigüedad moral. A veces es una villana caníbal que amenaza con cocinar a los niños (como en el cuento de Vasilisa la Hermosa), pero otras veces es una donante mágica y sabia. Si el héroe es valiente, educado y puro de corazón, ella puede ayudarle, dándole consejos o artefactos poderosos. Pero si es grosero o débil, terminará siendo su cena. Baba Yaga representa el caos salvaje e impredecible de la naturaleza rusa. No es buena ni mala; es peligrosa. Encontrarse con ella es someterse a una prueba definitiva de carácter. Ella envejece un año cada vez que le hacen una pregunta, y rejuvenece cuando bebe té de rosas azules, simbolizando el ciclo eterno de la vida, la muerte y el renacimiento.