Antes de la llegada del cristianismo, los antiguos eslavos adoraban a sus ancestros. Cuando la religión cambió, esos ancestros no desaparecieron; se transformaron en el Domovoi, el espíritu del hogar. Cada casa tradicional rusa tiene un Domovoi. No es un fantasma intruso, sino el verdadero dueño de la casa ('Dom' significa casa), el abuelo invisible que vive detrás de la estufa, en el ático o bajo el umbral.

Se lo imagina como un anciano pequeño, cubierto de pelo suave (incluso en las palmas de las manos), con una barba gris y ojos brillantes. Su temperamento refleja el estado de la familia. Si la casa está limpia, la gente es trabajadora y se respetan las tradiciones, el Domovoi es un protector benévolo: ayuda con las tareas, cuida el ganado y advierte de peligros futuros. Pero si la familia es perezosa, sucia o peleadora, el Domovoi se enoja. Golpea las paredes, esconde objetos, asfixia a la gente mientras duerme (un fenómeno asociado a la parálisis del sueño) o enreda el pelo de las mujeres.

La relación con el Domovoi es de respeto y soborno. Tradicionalmente, se le dejaba gachas, pan con sal o tabaco como ofrenda. Al mudarse de casa, la familia debía realizar un ritual solemne invitando al Domovoi a venir con ellos ('Domovoi, Domovoi, no te quedes aquí, ven con mi familia'), transportándolo simbólicamente en una vieja bota o en carbones de la estufa. Dejarlo atrás era condenarse a la desgracia en el nuevo hogar. El Domovoi es la personificación de la conciencia doméstica, un recordatorio de que el hogar es un espacio sagrado que requiere armonía y cuidado constante para prosperar.