De todas las maldiciones que pueblan el imaginario argentino y sudamericano, ninguna es tan trágica y visceral como la del Lobizón. A diferencia del hombre lobo europeo, que a menudo es producto de una mordedura infecciosa, el Lobizón es víctima de un destino genealógico, una condena impuesta por el orden de nacimiento. La leyenda, traída por los inmigrantes y mezclada con el miedo guaraní a las bestias del monte, sentencia que el séptimo hijo varón seguido, sin que haya nacido ninguna niña en el medio, se convertirá inevitablemente en esta bestia al llegar a la adolescencia.

El Lobizón no es un lobo elegante y feroz como en las películas de Hollywood. Es una criatura grotesca, un híbrido pesadillesco. Se lo describe como un perro negro enorme, desgarbado, con orejas desproporcionadamente grandes que caen sobre su rostro, y patas que mezclan garras animales con manos humanas. Sus ojos son rojos, inyectados en sangre y fuego, y de su boca emana una espuma fétida. No aúlla a la luna con melancolía; emite un sonido gutural, una mezcla de ladrido, aullido y lamento humano que hiela la sangre de los perros de la zona, quienes, según se dice, son los únicos que pueden detectar su presencia antes que los humanos.

La transformación ocurre los viernes de luna llena. Al caer la noche, el joven maldito siente una inquietud insoportable, una fiebre que le quema la piel y los huesos. Debe alejarse de su hogar, buscar la soledad del monte o de un cruce de caminos, y allí, revolcándose en la arena, el polvo o incluso sobre el estiércol de los animales, su cuerpo se rompe y se rehace en la forma de la bestia. Es un proceso doloroso y sucio. Una vez transformado, el Lobizón pierde la conciencia humana y se entrega al instinto voraz.

Su dieta es tan abyecta como su apariencia. El Lobizón no caza presas vivas nobles; es un carroñero. Se alimenta de inmundicias, de gallinas muertas, de restos de basura, y lo más espeluznante: tiene predilección por los cementerios. Se dice que escarba en la tierra bendita para alimentarse de los cadáveres recientes y de los huesos de los difuntos. Esta profanación lo convierte en una figura doblemente temida y odiada por la comunidad. También se cree que ataca a los niños no bautizados, una creencia que reforzaba la necesidad del bautismo temprano en las zonas rurales.

El drama del Lobizón reside en que, al amanecer del sábado, la bestia recupera su forma humana, pero el hombre queda marcado. Aparece desnudo, sucio, herido, con un cansancio mortal y sin memoria clara de lo ocurrido, aunque con un sabor amargo en la boca y una culpa inexplicable. Los vecinos suelen identificar al Lobizón por su aspecto enfermizo, su delgadez, su piel pálida y amarillenta, y su carácter huraño y triste. Es un paria dentro de su propia comunidad, alguien a quien se mira con sospecha y lástima.

Para romper la maldición o matar a la bestia, las armas convencionales son inútiles. Al igual que en la tradición europea, se necesita una bala de plata bendecida, o un machete en forma de cruz. Sin embargo, la tradición argentina agrega un detalle cruel: si logras herir al Lobizón pero no lo matas, la maldición puede transferirse o el animal recuperará su forma humana frente a tus ojos, revelando la identidad del vecino o familiar maldito.

El impacto social de esta leyenda fue tan real y profundo en Argentina que dio lugar a una costumbre única en el mundo: el Padrinazgo Presidencial. A principios del siglo XX, llegaron noticias de inmigrantes rusos y alemanes del Volga que, aterrorizados por la posibilidad de que su séptimo hijo fuera un hombre lobo, abandonaban o sacrificaban a los bebés. Para detener esta barbarie y proteger a los niños, el Estado argentino instituyó por ley que el séptimo hijo varón (y luego también la séptima hija mujer, para evitar la brujería) sería ahijado del Presidente de la Nación. Este acto simbólico, que incluye una medalla de oro y una beca de estudios, buscaba 'romper' la maldición mágica con una protección estatal y religiosa, legitimando al niño y asegurando su integración en la sociedad.

Hoy, aunque la ciencia y la modernidad han desplazado a la superstición, en los pueblos del interior, cuando un perro grande y extraño cruza la calle en una noche de luna llena y los perros del vecindario enloquecen de miedo, nadie se atreve a salir a comprobar qué es. Por las dudas, se cierra la puerta con doble tranca y se reza, porque la sombra del Lobizón, el séptimo hijo maldito, sigue siendo larga en la memoria colectiva.