Si el Mothman definió el terror de los años 60 y el Slender Man el de la era de internet, los 'Black Eyed Kids' (BEK) son el horror de la era suburbana contemporánea. No son fantasmas victorianos ni monstruos peludos; son niños. O al menos, cosas que usan el disfraz de niños para depredar a los adultos desprevenidos. La leyenda comenzó a circular en foros de internet a finales de los 90, iniciada por el relato del periodista Brian Bethel en Texas, pero desde entonces los reportes se han multiplicado globalmente con una consistencia aterradora.
El encuentro siempre sigue un guion preestablecido. Ocurre de noche o al atardecer. Una persona está sola en su casa o en su coche estacionado. De repente, llaman a la puerta o golpean la ventanilla. Al otro lado hay uno o dos niños, generalmente de entre 6 y 13 años. Visten ropa normal, a veces un poco anticuada o demasiado genérica (sudaderas con capucha), y tienen la piel muy pálida. Su comportamiento es extraño; hablan con una madurez, un vocabulario y una confianza que no corresponden a su edad, pero con un tono monótono y robótico.
La petición es siempre banal pero insistente: 'Déjanos entrar. Tenemos que usar el teléfono', 'Déjanos entrar. Tenemos frío', 'Llévanos a casa. Nos hemos perdido'. La víctima siente inmediatamente una reacción visceral de pánico irracional, un instinto de lucha o huida que grita que esos no son niños. Pero la norma social de ayudar a un infante es fuerte. La tensión aumenta. Los niños insisten, volviéndose más agresivos o manipuladores: 'No te haremos daño. Solo tienes que dejarnos entrar. No podemos entrar si no nos invitas'. Esta necesidad de invitación los vincula con el folclore vampírico clásico.
El clímax del horror llega cuando la víctima finalmente mira bien sus rostros. Los ojos de los niños son completamente negros. No tienen esclerótica (la parte blanca), ni iris, ni pupila. Son pozos de oscuridad sólida, de borde a borde, como los de un tiburón o un alienígena. Al darse cuenta de esto, el terror se vuelve absoluto. Si la persona se niega y cierra la puerta o acelera el coche, los niños a menudo reaccionan con gritos de furia sobrenatural o desaparecen instantáneamente. Quienes han cometido el error de dejarlos entrar reportan enfermedades graves repentinas (cánceres fulminantes), rachas de mala suerte inexplicables o simplemente desaparecen. Los BEK son el miedo a la inocencia pervertida, el depredador que usa nuestra propia empatía como arma para entrar en nuestro refugio.


