Point Pleasant, Virginia Occidental, no parece el escenario de una película de terror. Es un pueblo pequeño, industrial, atravesado por el río Ohio, donde la vida transcurría con la lentitud típica de los Apalaches. Sin embargo, entre noviembre de 1966 y diciembre de 1967, este punto geográfico se convirtió en el epicentro de uno de los fenómenos paranormales más complejos, documentados e inquietantes de la historia moderna: la aparición del Mothman. Para el historiador de lo insólito, el caso Mothman es único porque no se trata solo de un monstruo; es una convergencia de avistamientos de ovnis, Hombres de Negro, poltergeists y premoniciones catastróficas.
Todo comenzó en la zona conocida como 'TNT Area', un antiguo depósito de explosivos de la Segunda Guerra Mundial, abandonado y rodeado de bosques densos y bunkers de hormigón medio enterrados. Un lugar ya de por sí cargado de una atmósfera opresiva y contaminación química. La noche del 15 de noviembre de 1966, dos parejas jóvenes, los Scarberry y los Mallette, conducían por esa zona cuando vieron algo que desafiaba toda lógica zoológica. De pie, al borde de la carretera, había una figura humanoide de color gris, de más de dos metros de altura. No tenía cuello; su cabeza parecía estar incrustada directamente en el torso. Pero lo que les heló la sangre fueron sus ojos: dos círculos rojos, grandes como platos, brillantes y autoluminiscentes, que los miraban con una inteligencia fría.
El pánico se apoderó de ellos y el conductor aceleró el coche a fondo, alcanzando los 160 km/h. Y aquí ocurre el detalle que separa al Mothman de un simple pájaro grande: la criatura los persiguió. Desplegó unas alas enormes, de más de tres metros de envergadura, similares a las de un murciélago o una polilla gigante, y voló sobre el coche sin aletear, planeando con una facilidad sobrenatural, emitiendo un chirrido agudo similar al de un ratón grande o un disco rayado. Los jóvenes llegaron al pueblo en estado de shock y fueron directo a la comisaría. El sheriff George Johnson, al ver su terror genuino, organizó una búsqueda, pero no encontraron nada más que interferencias extrañas en las radios de la policía.
Durante los siguientes 13 meses, el Mothman fue visto por más de cien personas respetables: bomberos, granjeros, pilotos. Siempre aparecía de noche, siempre con esos ojos rojos hipnóticos. Pero el fenómeno no venía solo. El periodista John Keel, quien llegó a investigar, documentó una oleada de extrañeza que envolvía al pueblo. Los testigos comenzaron a recibir llamadas telefónicas con ruidos metálicos o voces electrónicas. Aparecieron extraños hombres vestidos de negro (los verdaderos MIB) que amenazaban a los testigos para que callaran. La gente sufría de 'ojos quemados' (conjuntivitis actínica, similar a la exposición a radiación UV) tras ver a la criatura. Se reportaron luces en el cielo nocturno y mutilaciones de animales.
La atmósfera en Point Pleasant se volvió apocalíptica. La gente sentía una sensación constante de 'doom' (perdición inminente), una ansiedad colectiva sin nombre. Keel y otros empezaron a sospechar que el Mothman no era un animal, sino una entidad ultraterrestre o interdimensional, y que su presencia era un presagio. Una advertencia. ¿Pero de qué?
La respuesta llegó de la manera más trágica posible la tarde del 15 de diciembre de 1967. El Silver Bridge, un puente colgante que conectaba Point Pleasant con Ohio, estaba atascado de tráfico navideño. De repente, con un sonido metálico que se escuchó a kilómetros, el puente colapsó en segundos, arrastrando decenas de vehículos a las aguas heladas del río Ohio. Murieron 46 personas. Fue el desastre civil más grande de su tipo en EE. UU. Tras la caída del puente, los avistamientos del Mothman cesaron casi por completo. La entidad se había ido.
¿Fue el Mothman el causante del desastre? ¿O intentaba advertir a la gente para que no cruzara? Algunos creen que era una antigua maldición del jefe indígena Cornstalk, traicionado y asesinado en ese lugar siglos atrás. Otros, que era un experimento biológico militar que escapó de los laboratorios subterráneos. Hoy, Point Pleasant ha abrazado su trauma convirtiéndolo en identidad: hay una estatua metálica del Mothman en el centro del pueblo y un festival anual. Pero para los viejos residentes que recuerdan el invierno de 1967, el Mothman no es una atracción turística; es la sombra de la muerte misma, el recuerdo de que a veces el velo entre nuestro mundo y lo imposible se rasga, y algo con ojos rojos nos observa desde el otro lado.


