En la mitología china, la muerte no es el final, sino el comienzo de un proceso burocrático complejo y aterrador, presidido por el Rey Yan (Yanluo Wang). Él no es un demonio ni una figura maligna como el Diablo cristiano; es un magistrado, un juez supremo del Inframundo (Diyu) encargado de mantener el orden cósmico. Su origen es una mezcla de la deidad hindú Yama (introducida por el budismo) y tradiciones taoístas locales.
Se lo representa como un hombre de rostro temible, piel roja oscura, ojos saltones y una larga barba negra, vestido con túnicas imperiales. En su escritorio tiene un libro masivo que contiene la fecha de muerte de cada ser vivo y el registro detallado de todas sus acciones. Cuando un alma llega ante él, el Rey Yan la juzga con imparcialidad absoluta. No hay abogados ni mentiras posibles; el 'Espejo del Karma' refleja la verdad de la vida del difunto.
El Diyu que él administra es un lugar de pesadilla didáctica, dividido en Diez Cortes y 18 niveles de infierno, cada uno con castigos específicos para pecados específicos (el Monte de las Agujas, la Caldera de Aceite Hirviendo, la Cámara de Desmembramiento). Sin embargo, a diferencia del Infierno eterno occidental, el Diyu es un purgatorio temporal. Las almas sufren para purificar su karma antes de beber la Sopa del Olvido de la abuela Meng y reencarnar. El Rey Yan es, por tanto, una figura de justicia y esperanza. Su leyenda enseña que ningún acto, bueno o malo, pasa desapercibido, y que el universo tiene una contabilidad moral estricta.
