El Sombrerón es una de las leyendas más románticas, tristes y obsesivas de América Latina. Conocido también como *Tzitzimite* en algunas zonas, es un personaje que camina en la delgada línea entre el duende travieso y el acosador espectral. A diferencia de monstruos que buscan sangre o carne, el Sombrerón busca almas a través de la música y el cabello.
Se lo describe como un hombrecito de estatura muy baja, casi un enano, que viste invariablemente de negro (o gris oscuro). Lleva botas de charol muy brillantes con espuelas de plata o de oro, un cinturón grueso con una hebilla reluciente y, lo más importante, un sombrero de ala ancha, gigantesco, desproporcionado para su tamaño, que le cubre casi todo el cuerpo y oculta su rostro. De ahí su nombre. Siempre va acompañado de cuatro mulas negras y carga una guitarra de nácar o plata que suena con una melodía celestial, más dulce que cualquier música humana.
El Sombrerón es un espíritu errante que se obsesiona con las mujeres jóvenes de cabello largo y ojos grandes. Cuando elige a una víctima, no la ataca físicamente; comienza un cortejo sobrenatural. Aparece por las noches bajo su ventana, amarrando sus mulas en el cerco, y comienza a tocar la guitarra y a cantar serenatas con una voz hipnótica. Las canciones son versos antiguos, coplas de amor y dolor que hechizan a la muchacha, impidiéndole dormir o comer. La joven entra en un estado de languidez, pensando solo en la música y en el hombre del sombrero.
Pero la marca distintiva del Sombrerón, su firma de terror, aparece cuando logra entrar a la habitación (pues puede atravesar paredes o hacerse invisible). Mientras la joven duerme o está en trance, el Sombrerón le trenza el cabello. Hace trenzas pequeñitas, apretadas y complejas, imposibles de deshacer, que a menudo huelen a tierra o a flores de cementerio. También trenza las crines de los caballos y las colas de los perros de la casa, dejándolos nerviosos y agotados.
La víctima del Sombrerón se consume. Deja de comer porque la comida le sabe a tierra (se dice que el Sombrerón le echa tierra al plato invisiblemente). La joven muere lentamente de tristeza y debilidad, atrapada en el hechizo de amor del espectro. El Sombrerón no quiere matarla por odio, sino llevársela con él a su dimensión para que lo escuche cantar eternamente.
Para salvar a una mujer 'ganada' por el Sombrerón, la cura es drástica: hay que cortarle el pelo. Al raparla, el Sombrerón pierde interés, pues el cabello largo es su fetiche y su conexión mágica. Se dice que el espectro llora y grita maldiciones cuando ve a su amada sin pelo, y finalmente se marcha a buscar otra víctima. Antropológicamente, el Sombrerón es una advertencia sobre los peligros del romance prematuro y la obsesión. En una sociedad conservadora, representaba el miedo a que un extraño (un músico, un bohemio) sedujera a las hijas con 'palabras bonitas' y las alejara de su deber y su salud. Es el fantasma de la serenata eterna, recordándonos que el amor, cuando se vuelve obsesión, es tan mortal como cualquier enfermedad.