En las tierras brumosas de Galicia, en el noroeste de España, donde la cultura celta se funde con el catolicismo, existe un temor reverencial que vacía los caminos rurales después de la medianoche: la Santa Compaña. No es un fantasma solitario, sino una procesión de almas en pena, una hueste de espectros que recorre las 'corredoiras' (caminos de carro) y se detiene en los cruces de caminos ('cruceiros') para reclamar a los vivos o anunciar una muerte inminente.

La procesión está formada por encapuchados vestidos con túnicas blancas que parecen sudarios. Caminan en absoluto silencio o murmurando rezos ininteligibles, portando velas de cera que, extrañamente, no se apagan con el viento ni la lluvia habitual de la región. Dejan a su paso un olor inconfundible a cera quemada y humedad de sepulcro. Pero el detalle más cruel de la leyenda es su líder. La Santa Compaña no está guiada por un muerto, sino por un vivo: una persona condenada (el 'procesionario') que camina en trance al frente de la comitiva, portando una cruz pesada o un caldero de agua bendita.

Este vivo no recuerda nada al despertar, pero día a día se consume. Su palidez aumenta y sus fuerzas decaen misteriosamente, pues cada noche es obligado a guiar a las almas. La única forma de librarse de esta maldición es encontrarse con otro incauto en el camino y pasarle la cruz, transfiriendo así la condena. Para el historiador y el antropólogo, la Santa Compaña es una supervivencia directa de los mitos indoeuropeos de la 'Cacería Salvaje', cristianizada a lo largo de los siglos. Funciona como un recordatorio constante de la comunidad con el Más Allá; en Galicia, la frontera entre vivos y muertos es permeable. Si uno tiene la desgracia de cruzarse con ella, la tradición dicta que debe dibujar un círculo en la tierra (el círculo de Salomón), tumbarse boca abajo y rezar, o fingir estar muerto, pues las almas ignoran a sus iguales.