Galicia es tierra de misterios, y su dicho más famoso, 'Eu non creo nas meigas, pero haberlas, haylas' (No creo en las brujas, pero haberlas, las hay), resume la ambigüedad con la que se trata a estas figuras. A diferencia de la caza de brujas en el resto de Europa, donde se las veía puramente como servidoras de Satán, la figura de la Meiga en Galicia es mucho más compleja y matizada, entroncada con la sabiduría ancestral y el druidismo celta.

Es importante distinguir entre la 'Meiga' y la 'Bruxa'. La Meiga suele ser la mujer sabia de la aldea, conocedora de las hierbas, los ciclos lunares y los remedios naturales. Es la curandera (o 'menciñeira') a la que acuden los vecinos para sanar el 'mal de ojo', curar el ganado o ayudar en los partos. Sin embargo, su poder es temido porque tiene doble filo: quien sabe curar, sabe enfermar. Existen diferentes tipos de meigas en el bestiario popular: la 'Meiga Chuchona' (que chupa la sangre de los niños y se transforma en insecto), la 'Asumcorda' (espía de las brujas) o la 'Vedoria' (con capacidad de adivinación).

Históricamente, la Inquisición tuvo menos fuerza en Galicia que en otras partes, en parte debido al aislamiento geográfico y al arraigo profundo de estas creencias. La Meiga representa la resistencia cultural de un pueblo que, aunque cristianizado, nunca abandonó del todo su conexión con la naturaleza y lo mágico. Los amuletos como la higa (el puño cerrado con el pulgar entre los dedos) o el uso del ajo y el rito del 'conxuro' de la Queimada son defensas y celebraciones que mantienen viva esta identidad. Las Meigas son las guardianas de una tradición oral que la ciencia moderna intentó borrar pero no pudo; son el símbolo del poder femenino en la sombra de una sociedad rural.