Bajo el esplendor dorado y el terciopelo rojo del Palacio Garnier en París, se esconde una de las leyendas más románticas y góticas de la historia: el Fantasma de la Ópera. Aunque inmortalizada por la novela de Gaston Leroux en 1910, la historia se nutre de hechos reales, arquitectura imposible y rumores que circulaban entre los bailarines y tramoyistas del siglo XIX.
La leyenda habla de Erik, un genio musical nacido con una deformidad facial horrible que lo obligaba a vivir oculto de la sociedad. Erik hizo de los sótanos de la Ópera su reino. Y esto es lo fascinante: los sótanos de la Ópera Garnier son reales y extraños. Debido al terreno pantanoso sobre el que se construyó el teatro, el arquitecto Charles Garnier tuvo que crear un enorme lago artificial subterráneo de hormigón para estabilizar los cimientos. Este lago oscuro y silencioso, que existe hasta hoy bajo el escenario, es el hogar perfecto para el mito.
Se dice que el Fantasma exigía el palco número 5 para su uso exclusivo y cobraba un salario mensual a los directores para no causar 'accidentes'. El incidente más famoso de la novela —la caída de la gran lámpara de araña sobre la audiencia— está basado en un hecho real ocurrido en 1896, cuando un contrapeso de la lámpara cayó y mató a una mujer, un suceso que muchos atribuyeron a la ira del Fantasma. Erik representa el arquetipo del artista torturado y el marginado social. Su amor obsesivo por la joven soprano Christine Daaé es el núcleo de la tragedia: la belleza de la música contrastada con el horror del rostro y la soledad del monstruo. Más allá de la ficción, los trabajadores del teatro han reportado durante décadas ruidos extraños, sombras y desapariciones inexplicables en el laberinto de pasillos, manteniendo vivo el rumor de que el Fantasma, de alguna forma, nunca abandonó su palco.

