Para el historiador riguroso, el caso de la Bestia de Gévaudan (La Bête du Gévaudan) es el 'santo grial' de la criptozoología histórica. No estamos hablando de un mito nebuloso perdido en la noche de los tiempos, sino de una serie de eventos documentados, certificados por la corona francesa, la iglesia y los registros militares entre 1764 y 1767. Durante tres años, una provincia entera del sur de Francia, la región de Lozère (antiguo Gévaudan), fue el coto de caza de una entidad biológica que desafió toda clasificación zoológica y puso en jaque al reinado de Luis XV.
El terror comenzó en el verano de 1764. La primera víctima oficial fue Jeanne Boulet, una joven pastora de 14 años. Su cuerpo fue encontrado parcialmente devorado, con el pecho desgarrado. Lo que al principio parecía un ataque de lobo común pronto se reveló como algo diferente. Los sobrevivientes describían a una bestia que no era un lobo: era mucho más grande, del tamaño de un ternero o un caballo pequeño, con el pecho ancho, una coloración rojiza con una raya negra en el lomo, una cola larga y peluda que agitaba como un felino, y un hocico corto y chato con dientes formidables. Lo más aterrador era su comportamiento: la Bestia no temía al fuego ni a los disparos, y mostraba una preferencia sádica por atacar a humanos, ignorando a menudo al ganado que pastaba a su lado. Además, tenía una táctica de ataque peculiar: se erguía sobre sus patas traseras para golpear con las delanteras y buscaba decapitar a sus víctimas.
El pánico se apoderó de la región. El obispo de Mende, Gabriel-Florent de Choiseul-Beaupré, declaró en una pastoral que la Bestia era un 'flagelo de Dios', un castigo divino enviado por los pecados de la población, lo que aumentó la histeria religiosa. La gente dejó de salir al campo. Los caminos quedaron desiertos. La noticia llegó a Versalles, y el Rey Luis XV, viendo su autoridad divina cuestionada por un animal que devoraba a sus súbditos, decidió intervenir. Envió primero al capitán Duhamel con dragones (soldados de caballería), quienes realizaron batidas masivas con miles de campesinos, pero la Bestia siempre escapaba, como si tuviera inteligencia humana o un sexto sentido.
Frustrado, el Rey envió a su arcabucero personal y cazador real, François Antoine. En septiembre de 1765, Antoine mató a un enorme lobo gris de 60 kilos (conocido como el 'Lobo de Chazes'), lo hizo disecar y lo llevó a la corte como trofeo. Francia celebró, Antoine fue recompensado y se declaró oficial el fin del terror. Pero fue una mentira política. Meses después, en diciembre, los ataques recomenzaron en Gévaudan, más brutales que antes. La Bestia había vuelto, o nunca se había ido. El gobierno, humillado, decidió ignorar los reportes, dejando a los campesinos a su suerte.
El final de la historia es digno de una novela gótica. El 19 de junio de 1767, durante una cacería local organizada por el Marqués de Apcher, un granjero local llamado Jean Chastel se encontró cara a cara con la Bestia. La leyenda, popularizada por novelistas posteriores, dice que Chastel, un hombre piadoso y extraño, fundió medallas de la Virgen María para crear balas de plata bendecidas. Mientras rezaba las letanías, la Bestia apareció y se quedó quieta, mirándolo. Chastel disparó, matando a la criatura de un solo tiro en el corazón. Al abrir el estómago del animal, encontraron restos humanos, confirmando que era el monstruo.
¿Qué era realmente la Bestia? El cuerpo fue llevado a la corte, pero se pudrió en el camino y fue enterrado sin un análisis científico moderno. Las teorías históricas son fascinantes: ¿Era un lobo gigante o un híbrido de perro y lobo? ¿Una hiena rayada escapada de una colección privada? ¿O, como sugieren las teorías más oscuras, era un animal entrenado para matar? Algunos historiadores sospechan del propio Jean Chastel y su hijo, Antoine Chastel, un hombre solitario que vivía en el bosque y tenía experiencia con animales exóticos. ¿Fue la Bestia un instrumento de un asesino en serie que usaba un animal acorazado para cubrir sus crímenes? Con más de 100 muertos oficiales y 30 heridos, Gévaudan sigue siendo un recordatorio sangriento de que, en el siglo de las luces, la oscuridad todavía tenía dientes.

