Entre todas las bestias que pueblan el folclore de Escocia y las Islas Británicas, ninguna provoca un terror tan visceral y repulsivo como el Nuckelavee. Mientras que otros monstruos tienen rasgos románticos o pueden ser apaciguados, el Nuckelavee es la encarnación pura de la malevolencia, la peste y la muerte. No hay nada humano en él, nada con lo que se pueda razonar. Su origen se encuentra en la mitología nórdica y celta de las Islas Orcadas (Orkney), un archipiélago azotado por vientos feroces y mares implacables, donde la naturaleza nunca ha sido amiga del hombre.
La descripción física del Nuckelavee desafía la cordura. Se trata de un centauro demoníaco, pero no como los de la mitología griega. Imagina el torso de un jinete humano fusionado grotescamente al lomo de un caballo, pero con una característica que lo hace insoportable a la vista: no tiene piel. Es un ser de carne viva y expuesta. Se pueden ver sus músculos amarillentos y rojos contrayéndose con cada movimiento, sus venas negras pulsando con sangre podrida y sus tendones estirándose como cuerdas de violín sobre huesos húmedos. De su boca de caballo exhala un vapor tóxico, el 'mortasheen', que marchita los cultivos, mata al ganado al instante y provoca epidemias en los humanos.
El 'jinete' no es menos horrendo. Su cabeza es enorme, desproporcionada, y oscila sobre un cuello débil que parece incapaz de sostenerla. Sus brazos son anormalmente largos, tanto que sus manos, dotadas de garras, arrastran por el suelo mientras cabalga. Tiene un solo ojo rojo que arde con una llama infernal. El Nuckelavee es una criatura del mar, pero su odio se dirige hacia la tierra. Odia el agua dulce; es su única debilidad. No puede cruzar un arroyo de agua corriente ni soporta la lluvia. Por eso, durante los meses de invierno, cuando las tormentas agitan el mar y la lluvia es escasa, es cuando emerge de las profundidades para sembrar el caos en las islas.
Los isleños de las Orcadas tenían tanto miedo de pronunciar su nombre que se referían a él con eufemismos, temiendo que invocarlo atrajera su atención. Se le culpaba de las sequías (irónicamente, aunque viene del mar, seca la tierra), de las malas cosechas y de la muerte súbita de los animales. La única entidad capaz de mantenerlo a raya es la Mither o' the Sea (Madre del Mar), un espíritu benévolo que lo confina en las profundidades durante el verano. Pero en el invierno, el Nuckelavee es libre.
Un relato famoso del siglo XIX, recogido por el folclorista Walter Traill Dennison, cuenta la historia de Tammas, un isleño que tuvo la desgracia de encontrarse con la bestia en un camino costero solitario. Tammas vio venir una masa de carne roja y vaporosa. El horror lo paralizó, pero su instinto de supervivencia fue más fuerte. Sabiendo que el monstruo no podía cruzar agua dulce, Tammas espoleó a su caballo hacia un lago cercano (el Loch of Stenness). El Nuckelavee, rugiendo con un sonido que mezclaba el relincho y el grito humano, estiró sus largos brazos elásticos para agarrarlo. Las garras rozaron el sombrero de Tammas, arrancándoselo, pero justo cuando iba a atraparlo, el caballo de Tammas chapoteó en el agua dulce del desagüe del lago. La bestia retrocedió aullando de dolor, como si el agua fuera ácido, y Tammas logró escapar, aunque vivió el resto de sus días con el pelo blanco y una mirada perdida, marcado por la visión de la anatomía del infierno.