Antes de que Drácula popularizara la imagen del vampiro elegante con capa, el folclore rural rumano ya temía a algo mucho más grotesco y peligroso: los Strigoi. Estas criaturas son los verdaderos 'vampiros' de la mitología balcánica, almas atormentadas que salen de sus tumbas para alimentarse de la fuerza vital (no siempre sangre líquida) de los vivos, empezando usualmente por sus propios familiares. La creencia en los Strigoi está tan arraigada que, incluso en tiempos modernos, se han reportado casos de aldeanos desenterrando cadáveres para realizar rituales de 'muerte definitiva'.

Se distingue entre el 'Strigoi vi' (brujo vivo) y el 'Strigoi mort' (el cadáver reanimado). Se creía que las personas que nacían con 'camisa' (placenta sobre la cabeza), los hijos ilegítimos, los que morían sin bautizar o los que llevaban una vida pecaminosa tenían predisposición a convertirse en Strigoi tras la muerte. El Strigoi mort se describe como un cadáver hinchado, de piel rubicunda (por la sangre consumida), con el pelo y las uñas que han seguido creciendo en la tumba. No brilla al sol ni es un seductor; es una plaga, un parásito que trae enfermedad, muerte del ganado y malas cosechas a la aldea.

Para combatir a un Strigoi, los rituales eran macabros y precisos: exhumación del cuerpo, clavar una estaca (de hierro, madera de fresno o espino) en el corazón, cortar la cabeza, poner ajo en la boca, o quemar el corazón y dar las cenizas mezcladas con agua a los familiares enfermos para curarlos. Esta leyenda refleja el miedo atávico a la muerte contagiosa (como la tuberculosis o la peste) y la necesidad de la comunidad de encontrar un culpable físico para las desgracias inexplicables. El Strigoi es la encarnación de la muerte que no se va, el pasado que se niega a pudrirse y vuelve para consumir el futuro.