Pocas figuras han sufrido una transformación tan radical como Vlad III, Voivoda de Valaquia, conocido como Vlad Tepes ('el Empalador') y Drácula ('hijo del Dragón/Diablo'). Para el mundo occidental, gracias a la pluma del irlandés Bram Stoker, es el vampiro aristócrata definitivo. Pero para el historiador y para el pueblo rumano, Vlad es una figura histórica compleja, un héroe nacional brutal que defendió la cristiandad y la independencia de su tierra contra el avance imparable del Imperio Otomano en el siglo XV.

La leyenda del vampiro se alimenta de la realidad sangrienta de su reinado. Vlad vivió en una época de traiciones constantes y violencia extrema. Para imponer orden y sembrar el terror en sus enemigos (tanto los boyardos corruptos internos como los turcos externos), perfeccionó el método del empalamiento: una estaca de madera introducida por el recto y sacada por la boca o la espalda, sin dañar órganos vitales, prolongando la agonía durante días. El famoso 'Bosque de los Empalados', donde Mehmed II se encontró con 20.000 cuerpos putrefactos alzados en estacas, es un hecho histórico que supera cualquier ficción de terror.

El mito vampírico surge de la propaganda de sus enemigos (sajones y otomanos) que imprimieron panfletos describiéndolo como un monstruo sediento de sangre que comía pan mojado en la sangre de sus víctimas. Stoker tomó este nombre y esta reputación de crueldad y los fusionó con el folclore rumano sobre los 'strigoi' (espíritus malignos). Así nació el Conde Drácula. Sin embargo, en Rumania, Vlad es recordado como un líder justo pero severo, que acabó con el crimen y la corrupción. La leyenda de Drácula es, en última instancia, la historia de cómo la propaganda política y el miedo pueden convertir a un hombre de carne y hueso en un monstruo inmortal, desdibujando la línea entre el tirano sanguinario y la bestia sobrenatural.